Hice la cuenta y parece que hace seis años que no bailaba Jazz. Ay, cómo es de cruel el tiempo... Antes de esos seis años lejos de los passés cerrados, las piernas demasiado altas y las scissor hands, bailé Jazz cuatro años. Yo era chiquita, porque tan pero tan grande no estoy, y me encantaba pero más que nada porque me gustaba mucho bailar cualquier cosa y mi clase de Jazz no era mi clase de Jazz si no mi clase de danza y punto. Yo amaba a mi profesora por los mismos motivos por los que la amaría hoy en día. Es genial, apasionada, inspiradora. Se compra totalmente lo que vende, y eso es clave, porque por más básico que suene, no todos creen en su propio producto. Sus clases y sus coreografías eran muy lindas y divertidas. Mis papás estaban convencidos de que era una verdadera genia. Magui me trataba como a una hija. Me llevaba a todas partes, hablaba con la costurera, con mis padres, con la directora de la escuela. Yo era su pollito y ella era mi maestra. Dejarla estuvo muy mal en varios niveles. Tal vez me hizo falta, porque en definitiva, la pubertad me pegó demasiado como el culo.
A fines de enero volví a tomar clases de Jazz y fue una de las mejores decisiones de este verano. El seminario era de una semana y había clases de danza afro con Valdir Silva, de Jazz con Sergio Berto y una más de entrenamiento que no pude hacerla por falta de cupos. La clase de afro me encantó. Yo había hecho muy poquito y lo había disfrutado muchísimo porque tiene esa cosa medio ritual medio salvaje medio deforme que te deja tan exorcisada como si estuvieras recién nacida. Al principio me costó mucho entenderlo porque no habla mucho y cuando hablaba o no se le escuchaba o no se le entendía, pero al final me afilé un poco y lo pude seguir mejor. Valdir es un muy buen maestro y una persona muy cariñosa y si tengo tiempo alguna vez en el año voy a volver a tomar sus clases porque tiene mucho por enseñar y yo por aprender. Como decía, la danza afro tiene esa cosa que te deja como recién nacida. Es un poco como cuando vas a una fiesta y empezas a sacudirte y llega un momento en que no te acordás ni quién sos ni qué estabas haciendo ni cómo te sentías hoy. Las clases son muy pero muy intensas, pero terminás renovada. Como cuando subís una montaña. La danza como tal está buenísima porque se trata un montón de disociar las partes del cuerpo, de soltar las articulaciones y de trabajar distintas calidades de movimiento. Es una clase para ir a divertirse o a llorar, liberar ansiedad, bailar como si no hubiera mañana y dejar absolutamente todo en la cancha.
Las clases de Jazz venían justo después de las de afro. Para entonces ya estábamos todas tan chivadas como si nos hubiéramos metido en la pileta y tan calientes como recién sacadas del horno. El primer día, Berto marcó cuatro series. Un calentamiento, dos coreografías y un estiramiento. Todo bailado, todo en tiempos musicales. Fue muchísima información para un primer día, pero estuvo bueno porque para el último, la coreografía ya era tan tuya como tu nombre y podías hacer con el material lo que se te diera en gana. La clase de Berto es para ir a bailar. El trabajo técnico pasa más bien por la voluntad que le ponga uno, porque lo que él exige es que bailes. Todo. Hasta un grand ecart. La música y las series eran bien cursis y emotivas y eso me encantó porque en el fondo yo soy bastante cursi y sensiblona. Berto te pide que seas mina, o más que mina, minón. Te exige que muestres tus tetas y que te la creas y que disfrutes de tu cuerpo porque "si no fuera por las mujeres, los putos no existirían". Para el final de la clase te sentís una mina estupenda, tu cuerpo es un cuerpazo, tus movimientos, LOS movimientos, tus sentimientos, más profundos que cráter de meteorito. Para el final de la semana me sentía tan bien conmigo misma y mi danza que cuando terminó el curso me puse muy triste. La siguiente clase que tomé me sentí un rinoceronte. Tonta de mí, que en vez de llevar conmigo ese aprendizaje, lo dejé ahí donde lo había encontrado.

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