lunes, 22 de febrero de 2010

seminario de improvisación

Si hay algo que aprendí en mi breve paso por la Facultad de Filosofía y Letras, es el concepto de Ostrañene. Ostrañene es la adaptación castellana en bruto de un concepto formalista ruso cuya traducción aproximada sería "extrañamiento". Me encantan estas palabras: ostrañene y extrañemiento. Oñtranene más, pero porque es más nasal y rara y dificil de pronunciar. Uno de los rusos decía que ostrañene era una escalera de peldaños irregulares. Francamente, no quiero meterme en disquicisiones teóricas que no domino, la verdad es que no quiero quedar como una boluda, pero para hacerla simple, extrañar algo significa tomarlo, mirarlo bajo una luz distinta y hacer de eso cotideano algo absolutamente nuevo. Por eso las escaleras. Digamos que todos los días para ir al salón tengo que subir las mismas escaleras. Los primeros día, cuando todavía no la conozco, voy atenta hasta que tengo tan conocida e incorporada la escalera y sus secretos (la altura de los peldaños, qué tipo de bordes tiene, cómo es la baranda, de qué material está hecha, si es lo suficientemente confiable) que ya no miro, solo subo. Si a esa escalera le sacáramos, por ejemplo, la baranda, subirla sería una experiencia muy diferente. Si corriéramos todos los peldaños, como en el ejemplo del ruso, el objeto sería tan desconocido que lo más probable es que ni siquiera sabríamos qué hacer con esa escalera. Lo que trabajamos en el seminario de Improvisación tiene que ver con todo esto, con una exploración de los objetos, el espacio y el propio cuerpo tan minuciosa y sincera que cualquier escalera se termina absolutamente extraña y desconocida.

No es la primera vez que tomo clases de esto con Lucas Condro, pero todavía sigo sin entender un carajo. Esta premisa de observar el espacio de manera sincera y novedosa suena muy sencilla, pero es bastante dificil desarmar el prejuicio que tenemos con las cosas. Volver los conocimientos preexistentes con las cosas totalmente dispensables a la hora del encuentro con esas cosas es un verdadero bardo. Tengo que mirar una silla hasta que deje de ser un mueble, hasta volverla al polvo del que vino. Tengo que volverme lo suficientemente receptiva y sensible como para poder nombrar no a la silla como un mueble ni a la cosa en sí, si no a la cosa conmigo en el encuentro. Alguien dijo de manera muy concreta y acertada que lo que hay que nombrar es el encuentro. Lucas lo llama esa "tercera cosa" que no soy yo ni es la silla, es la silla + yo + el espacio + el tiempo. Todo esto es super fascinante y confuso, porque de alguna manera hay que lograr liberarse de las ideas preconcebidas que nos hacen de salvavidas cuando la sensibilidad se acaba.

Muchas veces Lucas habla del juego de los chicos. Nos pide esa misma inocencia y sinceridad y conexión con el juego y el descubrimiento que tienen los chicos cuando entran en contacto con las cosas. Es dificil. A veces, cuando agarro alguna cosa que me llamó la atención, por más que lo investigue me cuesta encontrar qué es lo que verdaderamente me llama la atención de eso. ¿Y si no lo detecto en el objeto, cómo voy a pasarlo al cuerpo? A lo mejor el primer encuentro sea insincero y de un primer encuentro insincero va a nacer una danza insincera.

Lo que me pasó con esta clase fue que no entendí un carajo. Me pasó la primera vez, el año pasado, y, en menor medida, también este año. Sin embargo, con el tiempo entre seminario y seminario pude ir hilando ideas. Me pasó una vez mientras lo miraba a Valdir Silva marcar un paso, en toda su imponencia africana haciendo esas cosas rarísimas con esas percusiones incontables que pensé 1) qué carajo es esto 2) este chabón se volvió loco 3) ¡ah, de esto se trataba el seminario de improvisación del año pasado! No es que nunca lo hubiera visto a Valdir bailando esos pasos, pero en ese momento se me hizo raro al punto que pensé que se había vuelto loco, que eso que estaba haciendo era algo o muy nuevo o recién venido de Marte y ahí me cayó la ficha del extrañamiento y del mismo entrenamiento: la propuesta es, entonces, ver y hacer las cosas como si fueran totalmente nuevas en el mundo y en el cuerpo, experimentarlas como si fuera la primera vez y no interpretar, si no ser. No interpretar el encuentro con la silla, si no ser el encuentro con la silla. No interpretar un tombépasdebourré si no ser ese tombépasdebourré. Creo que la idea es meterse la cosa y el movimiento hasta tal punto que no se pueda diferenciar entre uno y esa cosa y ese movimiento y con eso adentro, siendo eso que está adentro, seguir adelante en la danza de la manera más sincera, ingenua y genuina que se pueda ser. Voilà, una reseña bastante confusa de un seminario bastante dificil y provechoso. Para recibirme de snob, una pipa que no es pipa:

jueves, 11 de febrero de 2010

seminario de jazz con sergio berto o de cómo sentirte una mujer hermosa en menos de una semana

Hice la cuenta y parece que hace seis años que no bailaba Jazz. Ay, cómo es de cruel el tiempo... Antes de esos seis años lejos de los passés cerrados, las piernas demasiado altas y las scissor hands, bailé Jazz cuatro años. Yo era chiquita, porque tan pero tan grande no estoy, y me encantaba pero más que nada porque me gustaba mucho bailar cualquier cosa y mi clase de Jazz no era mi clase de Jazz si no mi clase de danza y punto. Yo amaba a mi profesora por los mismos motivos por los que la amaría hoy en día. Es genial, apasionada, inspiradora. Se compra totalmente lo que vende, y eso es clave, porque por más básico que suene, no todos creen en su propio producto. Sus clases y sus coreografías eran muy lindas y divertidas. Mis papás estaban convencidos de que era una verdadera genia. Magui me trataba como a una hija. Me llevaba a todas partes, hablaba con la costurera, con mis padres, con la directora de la escuela. Yo era su pollito y ella era mi maestra. Dejarla estuvo muy mal en varios niveles. Tal vez me hizo falta, porque en definitiva, la pubertad me pegó demasiado como el culo.
A fines de enero volví a tomar clases de Jazz y fue una de las mejores decisiones de este verano. El seminario era de una semana y había clases de danza afro con Valdir Silva, de Jazz con Sergio Berto y una más de entrenamiento que no pude hacerla por falta de cupos. La clase de afro me encantó. Yo había hecho muy poquito y lo había disfrutado muchísimo porque tiene esa cosa medio ritual medio salvaje medio deforme que te deja tan exorcisada como si estuvieras recién nacida. Al principio me costó mucho entenderlo porque no habla mucho y cuando hablaba o no se le escuchaba o no se le entendía, pero al final me afilé un poco y lo pude seguir mejor. Valdir es un muy buen maestro y una persona muy cariñosa y si tengo tiempo alguna vez en el año voy a volver a tomar sus clases porque tiene mucho por enseñar y yo por aprender. Como decía, la danza afro tiene esa cosa que te deja como recién nacida. Es un poco como cuando vas a una fiesta y empezas a sacudirte y llega un momento en que no te acordás ni quién sos ni qué estabas haciendo ni cómo te sentías hoy. Las clases son muy pero muy intensas, pero terminás renovada. Como cuando subís una montaña. La danza como tal está buenísima porque se trata un montón de disociar las partes del cuerpo, de soltar las articulaciones y de trabajar distintas calidades de movimiento. Es una clase para ir a divertirse o a llorar, liberar ansiedad, bailar como si no hubiera mañana y dejar absolutamente todo en la cancha.
Las clases de Jazz venían justo después de las de afro. Para entonces ya estábamos todas tan chivadas como si nos hubiéramos metido en la pileta y tan calientes como recién sacadas del horno. El primer día, Berto marcó cuatro series. Un calentamiento, dos coreografías y un estiramiento. Todo bailado, todo en tiempos musicales. Fue muchísima información para un primer día, pero estuvo bueno porque para el último, la coreografía ya era tan tuya como tu nombre y podías hacer con el material lo que se te diera en gana. La clase de Berto es para ir a bailar. El trabajo técnico pasa más bien por la voluntad que le ponga uno, porque lo que él exige es que bailes. Todo. Hasta un grand ecart. La música y las series eran bien cursis y emotivas y eso me encantó porque en el fondo yo soy bastante cursi y sensiblona. Berto te pide que seas mina, o más que mina, minón. Te exige que muestres tus tetas y que te la creas y que disfrutes de tu cuerpo porque "si no fuera por las mujeres, los putos no existirían". Para el final de la clase te sentís una mina estupenda, tu cuerpo es un cuerpazo, tus movimientos, LOS movimientos, tus sentimientos, más profundos que cráter de meteorito. Para el final de la semana me sentía tan bien conmigo misma y mi danza que cuando terminó el curso me puse muy triste. La siguiente clase que tomé me sentí un rinoceronte. Tonta de mí, que en vez de llevar conmigo ese aprendizaje, lo dejé ahí donde lo había encontrado.

sábado, 6 de febrero de 2010

la muerte del cisne o de cómo me encantaría aprender a subir videos al blog

La muerte del cisne es una de las cosas más pero mucho más bellas que ví y oí en mi vida. Digo "cosas" y no "danzas" o "variaciones" porque es tan pero tan lindo que supera esas categorías para competir con atardeceres, mares y fotos de elefantes.
Maya Plisetskaya es la reina del cisne que se muere. Posta. Su metamorfosis en un pajarraco desesperado es tan BELLA que no me queda otra que escribir "bella" como por cuarta vez. Mi mamá la vió en el Colón cuando era chiquitita y es de esas cosas que por un lado me dan celos pero por otro me ponen feliz porque estoy segura de que hay algo de esa función en los sesentas o vaya uno a saber cuando que se me trasmitió genéticamente de alguna forma.
Les dejo el link del video para que se emocionen a más no poder y para que viajen por por lo menos tres minutos a la esfera platónica de lo bueno y lo bello:
Anna Pavlova, otra gran pero gran artista:
La versión drag del Trocadero Ballet:
Uliana Lopatkina, cuerpo hermoso y expresivo, cara de policía enojado:

viernes, 5 de febrero de 2010

les uns et les autres

Los unos y los otros de Claude Lelouch es un tremendo peliculón que recorre la vida de varias generaciones de distintas familias de distintos países atravesados por la guerra mundial. Es una de esas películas más descriptivas que narrativas y más visuales que habladas. También es de esas películas que te cuentan mil historias que finalmente por esas vueltas de la vida se terminan enterlazando todas. Y vaya momento en que culmina todo: un evento de la Cruz Roja, con la Torre Eiffel de telón de fondo, Ravel sonando, Jorge Donn bailando y Geraldine Chaplin cantando. Bueno, con Geraldine al micrófono no supe bien cómo reaccionar. Supongo que es de esas cosas que te tienen que gustar, pero la verdad es que se me hizo un toque insoportable.
La película es muy emotiva y dura por momentos. Tiene momentos de música y de danza que son realmente hermosos. El arte es el hilo conductor en esta película, es el común denominador de estas familias tan distintas y el disparador de la narración, porque, como cuenta, todo empieza con una chica audicionando en el Bolshoi para bailar el Bolero de Ravel y termina con un hombre bailándolo en París.
Jorge Donn:
Bolero de Ravel.
Jorge Donn en Nijinsky, Clown de Dios:

seminario de contact improvisación (ci) o la ansiedad mató a la danza

Finalmente terminó el seminario. Como todo final, me pone un poco triste, sobre todo porque cuanto más aprendés, más te queda por aprender. El maestro fue un gran maestro. Se llama Otto Akkanen y es de Finlandia. Dio mucha información pero no demasiada. La información excesiva no sirve, abruma. Enseñó el ABC del movimiento y del espacio, cosa genial y genial, fundamental para cualquier danza y deporte. Ahí está el punto. Creo que lo que aprendí no se limita al contact si no que más bien me sirve para andar para la vida, para caminar, para bailar cualquier cosa. Contó el maestro que Steve Paxton, el que empezó con la técnica, escribió que sus reflexiones acerca de lo que culminaría en el CI empezaron cuando, siendo bailarín en la compañía de Merce Cunningham, se preguntó acerca de cómo hacía para llegar de su casa a la clase de danza. Parece una pregunta de fondo, de la raíz del movimiento y creo que un poco así es la pregunta que abre el contact: una pregunta de origen.

Tengo que confesar que al principio no me gustaba para nada el contact. Mi primer contacto (valga la redundancia) con el contact fue en el 2005 cuando tomé una clase con Gerardo Litvak en el Centro Cultural Rojas. Justo antes de mi clase había una de contact y para mí la técnica no era más que un grupo de hippies delirantes semidesnudos peludos con olor a pachuli. Una vez más, vencí el prejuicio. Ahora el contact me parece no sólo una herramienta muy útil para el movimiento si no también una danza hermosa de bailar e, incluso, de mirar. El CI parece un arte marcial social o una escena de lucha libre pácifica y en cámara lenta. Los bailarines de contact son los humanos más parecidos a gatos que vi en mi vida. Tiene una sutileza y una delicadeza casi felina. Me hace acordar a un fragmento de Cartas a un joven bailarin en el que Béjart escribe "Aprendí a bailar mirando a mi gato".

Hay algo muy complejo y delicado en el contact: el contacto mismo. Igual que en el tango, la distancia es poca y si no hay química o no hay entrega puede ser absolutamente desagradable. Este seminario me hizo pensar mucho en la ansiedad y la danza. La ansiedad mata a la danza. La danza es un medio de comuncación y si hay ansiedad no hay mensaje, hay confusión. Cuando se baila de a dos puede ser una catástrofe, porque aca no es solo la música o el público, es el otro bailarin. La ansiedad hace imposible el contacto porque nos vuelve sordos: no escuchamos ni el ritmo interno ni el movimiento del otro. Un compañero ansioso puede ser un trago bastante amargo y si nos ponemos ansiosos le jodemos la danza al otro. Para eso hay dos alternativas: un ansiolítico con el café con leche antes de la clase o permitir que la danza misma nos ayude a bajar los decibeles. Solo si hay calma el contacto puede ser agradable.

El contact en sí es pura calma. Por un lado, porque hay otro cuerpo cerca y según Grey's Anatomy el contacto con otra persona hace liberar endorfinas y otras cosas que nos hacen sentir bien. Es ciencia televisiva, no es joda. Por otro lado, el silencio. La música es de las cosas que más amo, pero me exacerba y me excita: si es triste, soy la persona más triste del mundo, si es feliz, reviento de alegría. Cuando bailo en silencio, en cambio, me vacío completamente. Amo la música y para quererla tanto a veces necesito el silencio, a veces necesito que no me esté marcandome el ritmo. Me gusta vaciarme y seguir mi propio ritmo, mi respiración y la de mi compañero. Es muy lindo lo que pasa, es de esas cosas tan bellas que como no sé que mote ponerle, sencillamente escribo que parece magia.

Hay pocas cosas más lindas que bailar con alguien, cerrar los ojos y ni enterarte de dónde estás o de qué estás haciendo. Olvidarte de todo, del espacio, del tiempo, del otro, de vos mismo, de la propia danza. La entrega total es un requisito básico. La calma es parte de esa entrega. Bailar no es hacer un despligue de virtuosismo: cargadas y velocidad no son necesarios para hacer una danza hermosa. Con el tiempo estoy empezando a creer que el que más sabe menos necesita mostrar, porque lo bello a veces ni siquiera esta en lo que se ve por resultado, si no en el recorrido de lo más pequeño y simple.


lunes, 1 de febrero de 2010

hoy

Seminario de Contact Improvisación en Belgrano Dance.

A ver qué tal.